Cada vez que paseéis por la calle Juan Muñoz os estaré viendo, os estaré recordando. Cuando paséis ante mí, distraídos, acostumbrados ya a mi imagen, me recodaréis que estuve entre vosotros.

Antes no fui así. Era dueño de mi propio cuerpo, de mi propia mente. Pero todo lo perdí.

Hasta ese momento no había estado enamorado, sí había querido a otras mujeres y aun las había amado, pero no fue hasta la primera vez que la vi cuando sentí que iba a perder la razón. Al fin y al cabo eso es enamorarse. Y yo tenía muy buenas razones para no perderla, pero la perdí.

Alcanzar a alguien cuando ya los trenes han salido es tarea prácticamente imposible, no puedes ir corriendo detrás de ellos, es absurdo, nunca llegas, en el mejor de los casos te puedes acercar pero justo cuando crees que lo atrapas, han vuelto a salir.

En vez de aceptar que ese tren ya se fue para siempre, que la persona que va dentro ya está en otro tiempo, que la vida para ella, y para ti, ya tiene otro espacio, no sólo confirma la teoría de la relatividad de Einstein, sino que confirma lo estúpido que eres si no desistes, si persistes en el empeño de buscar sueños imposibles.

Y yo soy un estúpido. Seguí corriendo desesperadamente detrás de las locomotoras, impulsado por el loco motor de mi corazón hasta que de bruces me di con el muro de la última estación. En este pueblo.

Que estaba en fiestas. Y una de sus pocas actividades atrayentes, interesantes inteligentes, era el concurso de estatuas vivientes.

Lo de las estatuas vivientes era algo curioso. Se trataba de caracterizarse con el personaje, paisaje o animalaje que se eligiese y camuflarse en ellos. Temas libres, caracterización libre y según las posibilidades de cada uno. Alojamiento y manutención gratis durante unos días, y si tu caracterización ganaba, por voluntad popular, hasta te daban un premio, en metálico. La excusa era perfecta, entretenido y ocupado.

Debe ser que los cazadores del averno están al acecho de los incautos, debe ser que a los atormentados y desesperados se les ve a la legua. El caso es que el tipo, argentino embaucador, me entró en una taberna de la Fuentehonda. “Vos tenés problemas y yo te puedo ayudar”, me dijo, como sólo los porteños saben decir “ayudar”. Por supuesto estaba al corriente de mis desvaríos y deseos de amoríos.

Me lo ofreció sin rodeos, si vendía mi alma al diablo, podría disfrutar de ese amor durante un año, pero al cabo del año volvería para que saldase mi deuda. Que es verdad lo sé ahora, entonces pensé que era la bravata de un loco. El caso es que en mi desesperación por conquistar un amor inalcanzable le dije que sí, que aceptaba, que vendería mi alma a su diablo (que me importaba a mí su diablo si era un descreído de estas cosas) pero que me la trajese.

También le pedí que me ayudase con la caracterización del personaje de Juan Muñoz, hidalgo local del XVII, pues tenía intención de presentarme al concurso de estatuas del año próximo, este.

Me consiguió los mejores zapatones, calzas, jubón, guantes, capa, vara y sombrero. Conseguimos tinte bronce para los ropajes y para mi cara. La caracterización, como sabéis, es perfecta. Empecé a practicar la inmovilidad inmediatamente y, cuando llegó el momento, era tal el dominio que hasta yo me asustaba.

Por supuesto, era el trato, volví a encontrarme con la chica de mis sueños, no solo reparó en mí sino que comenzó a hacerme caso. Empezamos a vernos y así estuvimos durante casi un año, y al final, por unos días, creo, también me quiso.

Estaba exultante, podía estar con ella, la preparación del personaje de Juan Muñoz estaba lograda, podía permanecer horas sin moverme. Anhelaba que llegara el concurso, ganar el premio y poder ofrecérselo.

Y así fue, gané. Cuando todo hubo terminado y me disponía a desentumecer mis músculos y bajar del pedestal, el argentino estaba allí. No me lo podía creer, casi me da un ataque de risa. Pero el no estaba para bromas, solo me dijo que le acompañara que la deuda debía ser saldada.

No puedo explicaros lo que pasó. Me vi fuera de la caracterización del hidalgo que quedaba en la posición que ahora veis. Y vi a mi amor fugaz, atónita ante la estatua, golpeándola, gritando que bajara, que era hora de irse.

Pero yo ya me había ido.

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Fausto

León Coque

Fausto

Relatos - Sección Sindical de CCOO en el Ayuntamiento de Leganés

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