Ese día cumplía 27 años. Los últimos diez años, desde los diecisiete, los había pasado limpiando rutinariamente los cristales de comercios pequeños.
Al principio no tenía ruta fija, le asignaban cualquiera que necesitase refuerzo o le mandaban a cubrir alguna baja. Pero desde hacía ocho años tenía la misma, semana tras semana, limpiaba los mismos cristales de los mismos comercios. Había llegado a ser un miembro más del barrio, como el cartero, el butanero o el hombre que pedía limosna.
Ese día, el día de su cumpleaños, no se encontraba como en otros aniversarios. Hasta ahora, su día era para él una jornada feliz, de celebración con su familia y sobre todo con sus amigos. Pero en esta ocasión se encontraba mal.
Por la mañana había hecho parte de la ruta de los martes. Le dieron buenas propinas, pero sentía que no se encontraba bien. Durante la comida sintió un cosquilleo constante en la tripa y eso le indicó que no debía beberse los dos vasos de vino que tocaban en las comidas. Sentía una desazón tremenda, la comida apenas si pasaba por su garganta.
Súbitamente supo el motivo de su malestar. Se dio cuenta de que no podía seguir viendo a la gente a través del reflejo en el cristal. Fue entonces cuando tomó la decisión. Sabía que no podía hacerlo en su barrio, en su ruta, a su gente. Pero sabía que tenía que hacerlo.
A las cuatro de la tarde, con los comercios cerrados y en la ruta de otro compañero, comenzó a romper los cristales de las tiendas que se iba encontrando; uno por tienda, con el mismo mimo con que los limpiaba. Las alarmas iban saltando, una tras otra; al final de la calle un coche patrulla le esperaba. Él intentó romper el cristal trasero, pero le detuvieron.
Esa noche, la noche de su cumpleaños, la pasó limpiando los barrotes de la celda. No sabía muy bien porqué, pero se le había quitado el cosquilleo de la tripa y tenía apetito.
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